En esta isla árida y reseca, curtida por el viento y la sal, la mujer del campo trabajó, sufrió, parió y amó. No conoció juegos, porque su infancia se le fue entre surcos y jornadas sin fin. Amasó, cuidó, barrió, cosió, tejió, cultivó la tierra, recogió el agua necesaria para la vida, recolectó sal, tejió artesanías, elaboró cuencos, caminó sin descanso por los senderos polvorientos en busca de sustento. Tuvo hijos que no llegaron a adultos y los lloró en silencio, porque el duelo también era una tarea más. Muchas no conocieron el placer y la mayoría jamás se atrevió a pensar que tenía derechos. El mundo le decía cuál era su lugar, y ella lo ocupaba, porque así había sido siempre. Cumplió con su rol, y aun así —cuando pudo— fue feliz. Porque también hay nostalgia, cariño y dignidad en sus recuerdos. También hay luz.
